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Sociedad

El nuevo Prepósito General de la Compañía de Jesús

Adolfo Nicolás ha sido elegido Prepósito General de la Compañía de Jesús. Es un jesuita español de los que marcharon a cientos marcharon a Japón. Después de los veinticinco años de Generalato de Kolvenbach tiene que empezar una etapa nueva tras el larguísimo periodo de atemperamiento protagonizado por el jesuita holandés. El trigésimo general de Compañía, el séptimo nacido en España y el segundo del Japón que alcanza el Generalato (el primero fue Pedro Arrupe).

La elección se ha hecho en la primera jornada de votaciones de la XXXV Congregación General. Los jesuitas tienen una fase previa a la elección, que se denomina “sondeo” o “escrutinio” en la que los electores hablan de las diversas personas que consideran más capacitadas, hasta que se va llegando a una decantación informal. Luego llegan las votaciones.

El nuevo General tiene la ventaja de que el actual Papa, Benedicto XVI, tiene una gran cercanía intelectual hacia los jesuitas, por más que haya tenido enfrentamientos en sus tiempos de cardenal con algunos miembros de la Compañía. Ratzinger tiene una buena imagen de los jesuitas ya que con muchos de ellos ha compartido enseñanzas y trabajos.

Al ARPN Adolfo Nicolás (utilizando la nomenclatura tradicional) le corresponde acometer cuestiones que no han podido decidirse en el ocaso del Generalato de Kolvenbach.

La Compañía sufre una asimetría de ingresos. Muchos en las provincias africanas, americanas e indias, muy pocos en Europa. La Compañía tiene muchos colegios e instituciones en Europa, probablemente de las más importantes, que apenan tienen efectivos propios para su mantenimiento.

La cuestión es que no entre nuevos miembros en la orden, sino que los que lo hacen terminan por salir a los pocos años sin que casi nunca haya habido autocrítica en la Compañía, conformándose muchas veces con explicaciones autoexculpatorias y extrapunitivas (la culpa la tienen los miles que se van desilusionados o la cultura contemporánea). Puede que se les estén yendo los mejores.

La Compañía se encuentra en la crítica tierra de nadie dentro y fuera de la Iglesia Católica. Se ve atacada por los sectores más integristas, que no paran de acusarla de demasiado condescendiente y produce estúpidas decepciones en algunos que ven en su indubitable catolicidad. El Generalato de Kolvenbach ha sido “piano”. Ahora tiene que tomar la iniciativa si quiere seguir siendo fiel a sus principios fundacionales.

Toros y dinero púbico

El debate sobre “Los Toros” se reabre periódicamente. Aprovechando que ahora mismo no está en alza, voy a dar mi humilde opinión sobre este tema.

Durante mucho año he sido un defensor de las fiestas taurinas, pero en un momento dado recapacité sobre el sentido de este defensa cuando a mí, personalmente, no me gustan los toros y nunca he ido a ningún acto taurino. El hecho de que no me gusten los toros me parece que no es argumento suficiente para pasar de defensor de “Los Toros” a enemigo de la “Fiesta Nacional”. Ahora ni defiendo ni ataco, aunque hago otras preguntas.

Sí creo que hay que aclarar el dinero público que se destina a los festejos taurinos y dar la conveniente información a los ciudadanos. Esto no es porque crea, por principio, está mal dar dinero público a estas actividades, sino porque en cambio sí creo por principio en que la transparencia en los gastos es un elemento democrático irrenunciable.

En el momento que el dinero de los impuestos se dirige a subvencionar de mil formas a los toros los ciudadanos tienen otro elemento de elección. Se puede ser absolutamente indiferente a “Los Toros”, como yo, y se puede estar en desacuerdo con que se dediquen 550 millones de euros al año a este fin.

Con toda normalidad se puede pensar que “Los Toros” deben seguir siendo perfectamente legales pero que no son merecedores de que reciban dinero de todos. No me gustan los deportes de montaña pero me parece estupenda que existen servicios de rescate. Los criterios para la asignación de los fondos públicos son varios, aunque la mayoría estaremos de acuerdo en que la necesidad es el principal criterio (los servicios básicos) y que todo lo demás deberá ser evaluado en función de los beneficios que repercutan a la sociedad y, en última instancia, por el número de ciudadanos interesados en ello.

Esperaré la salida de un informe anunciado para estos días y las reacciones y los datos que se den en su contra del informe, para aplicar esta jerarquía de criterios que antes señalaba.

Por un nuevo Himno de España (III)

Aquí estoy de nuevo dando la tabarra sobre el tema del Himno de España. Intentaré no volver a escribir del tema, aunque no puedo prometer nada. La noticia del día, aparte de la comentadísima marcha de Ruiz Gallardón, ha sido que el Comité Olímpico Español ha dado marcha atrás y retirará su propuesta de letra para el Himno.

Las reacciones han sido de lo más variadas, pero fue el ministro de Defensa, José Antonio Alonso, el que puso el dedo en la llaga, una llaga que todos querían evitar porque la letra era la elaboración de un anónimo e ilusionado ciudadanos que había ganado un multitudinario concurso.

Alonso dijo lo que muchos pensaban: la letra no tenía calidad literaria y ésta es una exigencia imprescindible para un símbolo de España, ya que la representa ante el exterior. Alonso rompió el tabú y abrió el fuego de otras opiniones, entre las que quiero citar el simpático análisis de Rafael Reig.

El Presidente del COE estaba molesto. La SGAE contando el dinero que habían dejado de ganar. El autor de la letra con un cabreo enorme, muy comprensible, aunque creo que el premio se lo tienen que entregar, porque el concurso lo ha ganado y ha sido el COE quien se ha echado atrás.

Es la tercera entrada que titulo “Por un nuevo Himno de España”. Nadie me ha dicho que dónde estaba mi propuesto. Esta mañana he caído en la cuenta de que hay un magnífico himno que está libre: Auferstanden aus Ruinen (Resucitados de la ruina), el magnífico himno de la  extinta República Democrática Alemana.

Ésta es mi propuesta. Abandonar el “chunda-chunda” y recuperar “Auferstanden aus Ruinen”, cambiando las referencia a “Deutschland” por referencias a “Spanien”. Eso sí, el himno habría que cantarlo en alemán, para que así nadie se dé por ofendido y, de camino, poca gente sepa que está diciendo, que luego dirán que no hay una referencia a cualquier chorrada patriótico-esencial.

La Biblioteca Digital Hispánica

La Biblioteca Nacional ha puesto en marcha su página en la que se ofrecen diez mil obras digitalizadas, las más importantes, de su fondo, llegando hasta el siglo XIX, a lo que ha llamado Biblioteca Digital Hispánica.

Ciertamente llega tarde la Biblioteca Nacional, pues desde 1999 conozco yo un equivalente en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero, como dice el refrán, no hay mal cuando la dicha es buena.

Ya los españoles podemos ofrecer al mundo nuestro patrocinio documental con la posibilidad de ser descargado. El prestigio del país gana en proyección dentro de esferas influyentes como so los investigadores de todo el mundo que quieren tener acceso a los textos originales de obras fundamentales de las que, con suerte, se conservan unos pocos ejemplares.

El coste es ridículo, un millón de euros, prácticamente nada para cualquier presupuesto autonómicos e inexistente para los Presupuestos Generales del Estado. Dinero bien gastado, que hace más accesible el patrimonio cultural a todos y que genera imagen y prestigio para España.

Los estanqueros se aprovechan de la subida del tabaco (II)

Hace aproximadamente un año decía que las quejas de los estanqueros por la bajada de los precios de los cigarrillos estaban injustificadas. Argüían que habían comprado el tabaco a un precio y tenían que venderlo a un PVP que el que era en el momento de su compra. Ya señalaba en ese momento que cuando se produjese la subida no se iban a quejar tan amargamente, más bien, habría un gran silencio.

Es posible que los estanqueros, sabedores de la tradicional subida de los cigarrillos con el inicio del año, comprasen buenas remesas de cigarrillos a un precio de compra cuyo margen subiría después de las doce uvas. Me gustaría ver la cara al ver el extracto bancario de esos mismos estanqueros cabreados y que decían que a este paso iban a tener que cerrar sus establecimientos, amenaza absurda ya que hay una gran cola de personas deseosas del perjuicio de tener un estanco.

La nula formación de los maestros de Primaria

Todos estaremos de acuerdo en que si todas las etapas de la educación tienen una importancia intrínseca, las primeras etapas son fundamentales, ya que constituyen los cimientos del resto del proceso educativo. La Educación Primaria en España es la etapa que menos se aprecia, que menos se debate y que menos atención se presta, cuando realmente es en la Educación Primaria donde los alumnos echan las primeras cartas de lo que va a ser su vida, cartas que pueden ser determinantes.

La Educación Primaria en España está en manos de unos docentes a los que se les conoce con el nombre de “maestros”. Las jerarquías educativas debaten mucho sobre la formación de los profesores de Secundaria, dado que han cometido el gran horror de especializarse en materias científicas. Los malos, los profesores de Secundaria, han cometido el pecado de saber de lo que van a dar clases y se les hace casi responsables penales de no haber abierto un solo libro de Pedagogía, la disciplina pseudocientífica por excelencia.

Para purgar su pecado original se les hacía padecer un lacerante curso llamado CAP. Ahora ya han decidido que hay que destrozar las titulaciones universitarias para llenarlas de ponzoñozas asignaturas pedagógicas, vacías de contenido pero con una terminología enrevesada que oculte su inherente insustancialidad.

¿Quién habla críticamente de la formación de los maestros? Poca gente con algunos matemáticos y profesores de Filosofía valientes a la cabeza, pues la mayoría de los programas y planes de estudios reflejan ese “regressum in infinitum” de que hay que enseñar a enseñar y lo principal no es que el docente sepa de lo que hable, sino que sepa transmitirlo a los alumnos (como si se pudiera transmitir algo que no se sabe).

Los estudiantes de Magisterio tienen pocas asignaturas de Lengua, Literatura y Matemáticas, Ciencias de la Naturaleza o Ciencias Sociales y ellos son los que tendrán que poner cimientos a los futuros alumnos durante seis largos años. Seis años en los que los alumnos padecerán los intentos de los seguidores de la caduca psicología cognitivista de que construyan un conocimiento desde la nada, como si naciéramos con una enciclopedia latente en el cerebro, para la cual una maestrilla (es simple estadística) tiene la clave secreta para ponerla en marcha.

Cualquier que conozca a alguien que estudie Magisterio sabrá que muchas asignaturas tienen poco contenido, de poca calidad y que lo único que buscan en reducir la edad mentales de los futuros maestros a la de sus alumnos más pequeños. Si se examina cualquier plan de estudios de la plaga de Escuelas de Magisterio que pueblan nuestro país se verá la absoluta preponderancia de materias pedagógicas y la discriminación de asignaturas sustantivas (en la que se aprende que enseñar). Muchas de las asignaturas sustantivas son un refrito de materias ya vistas en el Bachillerato, con menos horas de clase por semana, impartidas de forma sintética (ridículamente esquemáticas) y sin ninguna posibilidad de profundización ni de especialización sustantiva.

Entregamos a nuestros hijos a un grupo de docentes sin formación durante seis años. Tendremos niños que saben hacer colores, recortar y realizar muchos juegos no violentos y no sexistas, pero difícilmente sabrán leer y comprender correctamente lo que leen, mucho menos sabrán escribir y aún casi nada tendrán la capacidad de aplicar conocimientos matemáticos a la vida cotidiana para hacer una sencilla regla de tres.

Luego en la Secundaria llegan los problemas y los suspensos (porque las maestras tienen unos aprobados casi generales). Los padres se sorprenden del cambio que ha dado su hijo al pasar a la ESO (con lo bien que le iba) y culpan de ello a los Institutos y a los profesores de Secundaria, sin saber que sus hijos han perdido miserablemente seis años en los Colegios de Primaria, siendo un milagro que al menos sepan leer sin comprender y puedan copiar mecánicamente el texto de un libro en su cuaderno, a cambio de tener una teatritos muy monos en Navidades y al acabar el curso, que es lo verdaderamente importante para las maestras.

Nota: aunque haya utilizado la nomenclatura destinada a los centros públicos, lo que he indicado sucede también en los centros concertados y privados.

Por un nuevo Himno de España

Ya se veía venir y ha llegado. El Comité Olímpico Español, sin encomendarse a nada y en connivencia con la SGAE, ha elegido su propuesta de letra para el Himno de España. Para mí el error se encuentra precisamente en eso, en buscar una letra para el Himno y no buscar un nuevo himno que sería lo verdaderamente necesario.

El Himno me parece una musiquilla de ínfima calidad, cacharrera y poco solemne. España nunca ha tenido suerte con los himnos, porque el de la II República era también para echarle de comer aparte.

Me encantaría que nuestro país tuviera un himno con la belleza y solemnidad del de Rusia (misma música que el de la URSS) y el del Reino Unido, con la pasión del himno francés y del estadounidense o la elegancia del Himno de Alemania o el de la antigua República Democrática Alemana.

Dado que el Himno se puede modificar por medio de un sencillo Real Decreto, prometo apoyar al Partido que lleve en su programa electoral un nuevo himno para España, que no me haga sentir vergüenza por los estruendos de trompetas y tambores del actual Himno.

Si tan bien se está en la cárcel ...

Una de las cosas que menos aguanto es hacer cola. Me pongo a mil cuando veo algunos de los que ya han llegado a la meta, se dedican a perder el tiempo o hacer comentarios con la persona que atiende esa meta de la cola. El otro día estaba en “unos grandes almacenes” (los que todos sabemos) con tres artículos de su supermercado.

Como tengo la experiencia de que las cajas rápidas no suelen serlo (de lo que hablaré dentro de poco), paso por toda la fila y me lanzo a toda velocidad a la primera caja cuya cola de clientes es pequeña. En este caso había un solo cliente, un señor mayor, que llevaba más o menos la misma cantidad de artículos que yo. Me di cuenta de que estaba hablando con la cajera, pero no presté atención, como normalmente.

Al darme cuenta de que el tiempo lógico para que el cliente anterior pagase, levanté la vista y desconecté el “stand by” de mi capacidad auditiva. En consecuencia, comencé a escuchar la conversación que se traían, ambos muy entregados.

La charla entre el cliente y la cajera era de las más típicas y mentirosas que se suelen dar. El tema era lo bien que vivían los presos y lo duras que eran sus vidas por el sencillo hecho de que tenían que trabajar (pese a que el caballero tenía todo el aspecto de estar jubilado).

No voy a entrar en consideraciones sobre las condiciones de vida de los presos, pero sí les quiero hacer una pregunta y dar una orientación a todos aquellos que consideran que las condiciones del encarcelamiento son mejores que las condiciones de la vida en libertad: Si tan bien viven los presos, ¿por qué no consigues que te metan en la cárcel unos buenos años? (hay un librito, titulado Código Penal, que explica estupendamente qué hacer para pasar un temporada en prisión).

Solidaridad condicionada a la compra

Soy partidario de que las empresas tengan una política social, que destinen parte de sus beneficios a cooperación nacional o internacional y que suscriban programas corporativos de responsabilidad social. Creo que es un gran avance y que las desgravaciones fiscales a las empresas que así actúen son oportunas y convenientes. Incluso soy partidario de que las empresas publiciten en sus páginas webs y por otros medios lo que dedican a “acciones sociales”.

Lo que en cambio me parece mal es que estas acciones sociales estén condicionadas a una opción de compra de los consumidores. Es decir, me parece magnífico que una empresa de cualquier sector destine varios millones para ayudas escolares de niños hospitalizados, que lo publicite, pero lo que me parece una aberración es que esos millones dependan de que los consumidores compren un producto determinado o contraten un servicio concreto.

Esto tiene un nombre: chantaje moral. ¿Por qué? Porque la decisión de compra de un bien o de contratación de un servicio debe hacerse conforme a los intereses del cliente y no con la foto de un “niño famélico” diciendo que si no compras o contratas algo, él no podrá comer mañana.

Me parece muy positivo que los consumidores y usuarios incluyan dentro de sus criterios de compra las “acciones sociales” de las empresas, pero siempre que esas acciones sociales sean “a priori” respecto de la compra, y nunca dependiendo de una opción del cliente.

Si es obscena esta política comercial, roza cualquier límite cuando la utilizan algunas entidades que, por Ley, deben destinar una cuantiosa parte de sus beneficios a su “obra social”.

Día de Nochevieja

Último día del año. Todavía tengo que llamar para concretar nuestra salida de esta noche. Con el calendario en la mano sí es el último día del año, pero yo creo que no año no acaba el 31 de diciembre y comienza el 1 de enero, porque mi experiencia me dicta que los cambios y los nuevos planes están en el paso del 31 de agosto al 1 de septiembre.

En todo caso el cambio del dígito del año y su fiesta tiene que ser bienvenido, todo ello fruto de una actitud más optimista o contemporizadora con la cronología convencional de la sociedad en la  que vivo. He tardado, pero me he dado cuenta que ir contra el calendario es una estupidez y que tener momentos marcados para estar en familia o para estar contentos tampoco es tan malo, ya que de no tenerlos puede que muchos no estaríamos nunca en familia o no nos esforzaríamos por estar contentos.

Sí, este planteamiento es un poco hipócrita, pero hay cosas peores en el calendario como levantarse temprano para ir a trabajar y no se monta tanta queja ni tragedia.

Maestro interino parado en huelga de hambre. Come y ponte a estudiar

Paseaba esta tarde por Sevilla, ahora ando por aquí, y vi un folio pegado a una valla de obras (para ver el folio pincha aquí). Hablaba de que un maestro interino en paro se había puesto en huelga de hambre en contra de la Junta de Andalucía y la forma en la que ha dispuesto proveer las bolsas de trabajo, lo cual ha producido que el huelguista y otros colegas suyos se hayan quedado en paro. Yo quiero opinar y decir unas cuantas cosas.

Primera. El huelguista, o los que le han redactado el folio, deben saber que no se puede estar en paro y ser a la vez maestro interino, porque si se es interino, no se está en paro, pero si se está en paro, entonces no se es interino. El problema no es sólo el desconocimiento brutal que tienen estos señores de muchas cosas, sino que han pensado que ser interino es un estado “para toda la vida”.

Segunda. Los interinos se agarran al argumento de la experiencia laboral frente a aquellos que no la tienen. Miden la experiencia laboral por el tiempo que llevan trabajando sin aprobar las oposiciones. Los que no tienen experiencia y que entran en su lugar parece que al menos algo han hecho para ocupar un puesto en la especialidad a la que opositaron, mientras que el huelguista opositó a otra.

Tercera. Primar su “experiencia laboral” es una discriminación fundada en la edad, es decir, un criterio inconstitucional. Los que entran en un momento determinado y quieren acaparar las plazas incluso impidiendo que salgan a oposición (la único posibilidad plenamente legal), impiden acceder a aquellos que nacieron después y que no pudieron concurrir a la bolsa de trabajo que a ellos le proporcionó la interinidad.

Cuarta. La última convocatoria para Maestros de Primaria establecían unas condiciones privilegiadas para los interinos, tanto en la fase de oposición como en la de concurso. Esto ha impedido que personas con muchas nota, que es lo que hay que sacar en una oposición, no hayan podido conseguir plaza y sólo les haya quedado un justificadísimo derecho al pataleo.

Quinta. Es difícil que unos señores que se empecinan en no sacar una plaza como funcionario en unas oposiciones sin ventaja y que lo quieren es que regalen la plaza porque entraron como interinos en un momento dado, transmitan a los alumnos la necesidad de esforzarse para conseguir objetivos.

Sexta. Este huelguista solamente ha conseguido el apoyo de la CGT y ese engendro de SADI (sindicatos de interinos). Los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, no lo han apoyado no por falta de solidaridad con los trabajadores que lo necesitan, sino por hartazgo con estos señores.

Séptima. Ya es hora que las administraciones educativas, en este caso la Junta de Andalucía, saque a oposición todas las vacantes y que deje de crear y mantener la casta de los “interinos pata negra”. La interinidad es cubrir situaciones de enfermedad o de contingencias que no eran previsible al final del curso anterior, que es cuando se diseñan las plantillas de los centros y a eso debe retornar.

Octava. La Junta de Andalucía también debe reformar la baremación en las listas de interinos, valorando más los resultados en la última oposición que el tiempo que el aspirante ha estado de interino. Así podremos evitarnos el lamentable espectáculo de interinos que van a las oposiciones sólo para firmar, porque sonrientes le dicen a los que sí han estudiado que ellos tienen el trabajo asegurado.

Novena. Expreso mi no solidaridad con el huelguista. En vez de haber empleado estas navidades en montar teatrillos, podría haberse puesto a preparar las oposiciones del 2009, que es la última oportunidad que tiene de pruebas selectivas privilegiadas para que él pueda entrar, porque sin privilegios uno teme que conocerá a fondo el Servicio Andaluz de Empleo, sucesor del INEM.

El inglés en los Países Bajos

Hace unas semanas manifesté lo encantado que terminé después de una visita veraniega a los Países Bajos. Hay una cosa que sí me produjo inquietud y que ahora voy a exponer.

El dominio de la lengua inglesa por parte de los nederlandeses es tan alto que podría decirse que al menos es igual a la de los propios ingleses. Esto está bien, pero hay un problema: el nederlandés u holandés está perdiendo terreno dentro de la cultura de su propio país. Este problema lo pude comprobar en una librería céntrica de Ámsterdam. La mayoría de los libros, tanto de literatura como de cuestiones específicas, estaban en lengua inglesa (y en otras aunque en castellano solamente había literatura), notándose el hueco de los libros en el idioma del país.

No por nacionalismo lingüístico, pero sí por valoración de una lengua con una gran historia. Creo que saber conocer otros idiomas es muy importante, fundamental y útil, pero abandonar la propia lengua creo que es un error, porque en la lengua está el depósito de una cultura, que si no se actualiza cada día termina por fosilizarse.

¿Fuga de cerebros?

La fuga de cerebros españoles al instituciones científicas extranjeras es un tema tan antiguo como manido. Muchas son las causas y han sido detectadas y analizadas por otros. Ahora sólo quiero dar mi opinión y manifestar porqué iniciativas como las del CSIC de recuperar a los “jóvenes fugados” son pocos fructíferas.

Contra lo que se suele pensar, los jóvenes cerebros fugados no reciben ofertas para irse, sino que sucede todo lo contrario, ellos tienen que dirigirse individualmente a instituciones extranjeras para mejorar o incluso mantener su trabajo investigador. Aceptan irse a estas instituciones a ser nuevamente el “último de la fila” (si es que en España no han dejado de ser alguna vez) y rápidamente se dan cuenta que allí el “último de la fila” es mejor tratado a todos los niveles que muchos bien colocados en España. Como uno no deja su país y a su gente para hacer el vago y, además, son personas inteligentes y trabajadoras, rápidamente se hacen un sitio relevante en estos países.

Llega un día que un alto cargo del Ministerio de Educación y Ciencia lee la multitud de jóvenes investigadores españoles que están dispersos por todo el mundo y piensa, acertadamente, que sería bueno para nuestro país que estos volvieran.

Ellos se han acostumbrado a que en esos países, el trabajador de la investigación científica está bien valorado donde hay que valorarlo, en su salario, y que a eso se unen incentivos, que son más cuantiosos cuando trabajan para instituciones de carácter privado, como son los laboratorios farmacéuticos.

¿Qué le ofrecen en España? Poco y malo. Le ofrecen el acceso a un laboratorio, siendo por tercera vez el “último de la fila” y que a lo largo de un tiempo, y con la sumisión adecuada al caudillo tardofranquista que mande en su área o institución, pueda conseguir un puesto fijo a cambio de un salario que es la mitad que el que tiene el ayudante del ese joven investigador en el extranjero. Eso, por no hablar de medios y de recursos.

La política de personal española en material de personal investigador desincentiva a los jóvenes más prometedores y menos situados en el sistema. Salario bajo en términos absolutos, puesto de trabajo precario y un sometimiento humillante a algún jefecillo. El CSIC y el MEC podrán hacer todas las muestras que quieran sobre la buena salud de la ciencia española a estos jóvenes investigadores “fugados”, pero serán poco creíbles ya que ellos conocen la realidad desde dentro.

No hay fuga de cerebros, no se han fugado ellos. Han sido echados.

¿Cómo consiguen que odiemos a Madrid?

Ser capital de un país tiene sus indudables ventajas: mejores infraestructuras, más servicios, determinadas sedes centrales y museos que para el resto del país es un sueño o la posibilidad de poder hacer carrera en la Administración sin tener que moverte de su barrio.

Evidentemente tiene desventajas: manifestaciones de todos los problemas y sectores, tráfico de paso para gestiones en todas las sedes centrales públicas o privadas o que el Presidente de turno quiera colocarte una Cumbre Europea o de la OTAN y que te llenen las calles de policías y controles (lamentablemente esta práctica es de las más descentralizadas).

Entre las desventajas que antes he citado falta una, que no es cuantificable, sino porque es de orden moral. El nombre de “Madrid” es utilizado como pretexto para cualquier tropelía en el resto del país, apelando a Madrid como un ente abstracto y todopoderoso. “Madrid lo ha dicho” o “En Madrid no están de acuerdo” son clásicos para no proporcionar argumento ninguno sobre una decisión errónea o impopular y a la vez parecer serio y responsable.

Madrid es un espacio, no una persona física. Incluso las personas jurídicas hablan a través de las personas. Cuando “Madrid dice algo” no lo dicen unánimemente sus millones de habitantes, sino alguien ha tenido que decirlo, es precisamente la identidad de esa persona lo que se procura ocultar bajo el nombre de “Madrid”, porque a lo mejor esa persona nunca dijo eso. Al final, la mala fama de Madrid se hace fuerte en el inconsciente de todos los afectados.

Esto que escribo de Madrid es igualmente predicable de cualquier otra ciudad española que tenga la capitalidad de su Comunidad Autónoma, y cuanto más grande sea la Comunidad, peor será la fama de la capital.

Antonio Piñero, espectacular, en "Cuarto Milenio"

Iker Jiménez ha aprovechado la noche del día de Navidad para hacer algo que ya hacía en la radio hace unos años: un programa especial sobre el tema principal del día. Si se celebra el nacimiento de Jesucristo, pues programa sobre los años perdidos de Jesús, desde su nacimiento al inicio de la vida pública. Iker descubrió hace un tiempo a Antonio Piñero, uno de los grandes biblistas de nuestro país y, cada vez que toca un tema de estos, le invita a los debates.

Junto a Antonio Piñero, normalmente va un sacerdote cuyo nombre nunca recuerdo, y un montón de periodistas y escritores con libros de título tan llamativo como poco conocimiento especializado tienen sus autores sobre el tema.

Es el tercer debate de esta temática que Iker Jiménez tiene en su programa en “Cuatro”. Le alabo la valentía de hacer debates de dos horas de duración, con pareceres dispares y en los que hay argumentos y no griterío. La mayoría de los colaboradores habituales de Iker ya conocen a Antonio Piñero y saben que su conocimiento del tema del que es especialista no es ni superficial ni cobarde. Todo lo contrario, Piñero sabe mucho de los textos cristianos antiguos y dice las cosas claramente, matizando pero sin esconderse.

El problema es que siempre hay un despistado que no se ha enterado antes de ir al programa o que intenta hacerse el listo. Esta noche le ha tocado recibir a Luis Antequera y ha recibido de lo lindo. Piñero ha mostrado que este escritor no tiene mucha idea de estudios bíblicos y hasta ha llegado a dudar que se haya leído los evangelios.

Antequera ha intentado escabullir la andanada de datos y de textos que Piñero daba cuenta, diciendo que la historicidad (que él absurdamente niega) no se dirime solamente por el “criterio de la dificultad” (realmente es la “lectio difficilior” y debería saber Antequera que no es el único criterio para establecer la historicidad de un texto antiguo). En ese momento, con Piñero henchido de ira ante la arrogante ignorante, Antequera recibió dos capotazos, uno de Iker y otro de Javier Sierra, para que no acabara intelectualmente destrozado antes de que el programa finalizase.

Es una alegría que Iker haga estos programas y es maravilloso que un especialista como Antonio Piñero vaya a su programa para debatir y poner las cosas en su sitio, enseñando cosas que los especialistas conocen desde hace más de un siglo y que una pésima formación religiosa hurta a los españoles.

Las navidades tampoco son para quedarse tanto

Llegan las navidades. Comienza un debate clásico entre aquellos a quienes les gusta las fiestas navideñas y aquellos que las odian, no habiendo punto intermedio. Yo quiero aportar algo a este debate, intentando proporcionar un punto intermedio.

No me pirran las navidades, aunque reconozco que gracias a estas fiestas tengo unos preciosos días sin asistir a mi trabajo. Las cenas familiares, he de reconocerlo, no son mi fuerte, pero intento hacerle el rato lo más agradable a todo el mundo y no entrar a nada que puede ser causa de problemas. Mis padres se esfuerzan mucho para que todos nosotros estemos bien y a gusto y es de justicia corresponderles con un poco de esfuerzo, que no cuesta tanto.

El tema del excesivo consumo no me preocupa, porque considero que el consumo es bueno para la economía y para que no haya paro. Si solamente consumiéramos lo necesario, habría muchas personas que no tendría que comer (trabajadores de la industria del mantecado o del turrón, por ejemplo) gracias a nuestra ejemplar austeridad. Si algunos consumen más allá de sus posibilidades, allá ellos, yo procuro no pasarme de mi poder adquisitivo.

El asunto de la falsa filantropía me trae sin cuidado. Si las galas o si la autopromoción de famosetes a costa de las necesidades de los demás hacen posible ayudar a un puñado de personas, pues bueno es. El problema no es que la filantropía o la beneficencia sólo se ejerzan en las fiestas navideñas, el problema es que exista. No quiero ni deseo la beneficencia, sino transformación social.

Las navidades tienen su parte pesada, pero también tienen sus cosas. Me encanta recorrer mi ciudad alumbrada, aunque sea con luces de bajo consumo, difuminada por las nubes de humo proveniente de los puestos de castañas asadas. Me deleito en comprar libros teniendo que atravesar compactos grupos de clientes que intenta encontrar el libro con el que agasajar a uno de los suyos. Me vuelve loco tomar un café largo, mientras charlo con mis amigos sin hora sobre mil asuntos posibles. Es verdad que todo esto se puede hacer el resto del año, lo hago, pero también me encanta hacerlo en navidades.

Tipología de los compradores de libros

Existen tres tipos de compradores de libros. El comprador lector, el comprador bibliotecario y el comprador decorador.

El comprador lector es aquella persona que solamente compra lo que piensa leer inmediatamente o justo cuando acabe el libro que tiene entre manos; comprar un libro y no leerlo es como comprar leche y tomársela; tiene la sensación de que el libro que es leído poco después de su adquisición, caduca y se pudre. El hecho de gastarse una cantidad de euros que normalmente no es pequeña para el bolsillo medio, le crea una ansiedad que sólo puede soslayarse con el consumo inmediato de lo comprado. Por ello, en el caso del comprador lector, existe una correlación entre su situación o sus circunstancias personales y el libro que compra, ya que el libro tiene que adecuarse a sus necesidades vitales, así como al tiempo disponible. El comprador lector sigue vivamente los consejos de otros compradores lectores y también él es fuente de consejos, porque no se puede permitir una fallo en la compra de un libro y, solidariamente, no quiere que nadie lo cometa.

El comprador bibliotecario es el que además de lector es comprador de libros que sabe que no va a leer rápidamente sin una buena causa, y que sin ella la lectura puede aplazarse. Sus criterios de compra nada tienen que ver con su momento personal, pues le interesa completar obras de determinados autores, abrir secciones en su biblioteca personal sobre temas de su interés o atesorar diversas traducciones al castellano de algunos libros que considere importantes. Su situación personal casi nunca tiene que ver con los libros que compre. El comprador bibliotecario tiene un nivel adquisitivo que le permite la compra continua de libros y la cultura suficiente para saber discriminar entre lo que a seguir teniendo vigencia y entre lo pasajero, cuáles son obras clásicas en las materias de su interés e incluso un instinto para lo frívolo o extraño. El comprador bibliotecario lee temáticamente (es muy consciente de que los libros no se volatilizan solos) y, a veces obsesivamente, hasta el punto de agotar razonablemente un aspecto, personaje o cuestión.

El comprador decorador no merece más comentario que decir que es aquella persona que compra libros para rellenar muebles y estantes, independiente del contenidos de las obras, lo importante es que sean vistosa su encuadernación y uniformes en su lomo. No piensa leer lo que compra y la compra es ocasional, probablemente una vez en la vida. Entraría en este tipo el que compra para regalar, aunque él nunca lea.

Los compradores bibliotecarios son pocos, pero gastan mucho; los compradores lectores son muchos y gastan relativamente pocos, pero su suma hace que tengan el papel preponderante en la estrategia comercial de las grandes editoriales, que está pensada para ellos, mientras que otro sector editorial, más especializado, se centra en los compradores bibliotecarios.

Obviando al comprador decorador (que nunca leerá lo que compra), un encuentro entre un comprador lector y un comprador bibliotecario puede ser frustrante. Ambos coincidirían en un sincero y honesto gusto por la lectura, pero rápidamente comprenderían que a lo que el uno y otro llaman “lectura” es algo absolutamente diferente. El comprador lector dirá del comprador bibliotecario que es un pedante y el comprador bibliotecario dirá del comprador lector que es un superficial. Ambos juicios equivocados, porque la lectura para cada uno de ellos es algo diferente porque cumple funciones tan diferenciadas que pueden que no tenga otra cosa en común que el simple hecho de pasar los ojos sobre unos símbolos en un orden determinado sobre un soporte físico.

Ésta es una de las facetas maravillosas de la lectura, que no tiene que ser lo mismo para todos, ni siquiera un mismo texto tiene que significar forzosamente lo mismo para todos sus lectores.

"El Estado Cultural" de Marc Fumaroli

MARC FUMAROLI: El Estado cultural. Ensayo sobre la nueva religión moderna. (Acantilado, Barcelona, 2007).

Marc Fumaroli es un intelectual francés, miembro de casi todas las instituciones académicas excelentes de Francia. Hace unos años provocó una gran polémica al cuestionar una de las facetas más características de la sociedad francesa: su política cultural.

La tesis que mantiene Fumaroli es las artes y las letras han caído dentro de un concepto extraño a la cultura francesa, el concepto de cultura, y que la cultura ha sido sometida al Estado de tal forma que en la actualidad las artes y las letras no se pueden concebir fuera de la acción pública.

Esto plantea uno problemas tanto para los escritores y los artistas como para los que se acercan a sus obras. Un problema ético, estético y político. Mantiene que las artes y las letras ya no actividades libres, sino que forman parte de un culto político, de una nueva forma de religión. Todo este fenómeno recibe el nombre de “Estado cultural”.

Raíces del Estado Cultural

El “Estado Cultural” tiene su origen en la idea de que la ausencia de una política cultural. Esto produjo que, salvo excepciones, Francia fuese un completo desierto cultural con un grandioso oasis en París. La primera apreciación de desierto cultural la encuentra Fumaroli en el libro La república y las bellas artes, de Jeanne Laurent.

Luego realiza todo análisis de la asociación Francia Joven, oficial en la Francia de Vichy, y su intento de organizar la cultura. En mi opinión las páginas que Fumaroli le dedica a esta asociación son desproporcionadas sobre todo cuando la asociación prácticamente fue un plan, muchos papeles y casi ningún hecho en sus escasísimos años de existencia. La intención es clara cuando aparece el nombre del pensador Emmanuel Mounier vinculado a esa asociación. No sé qué opinión tiene el autor sobre el Personalismo y tampoco me importa (su opinión y el Personalismo), pero me suena mal, a uno de eso ajuste de cuentas con un pensador o sus seguidores a costa de un pecado de juventud, y más cuando Mounier fue perseguido y procesado por el régimen fascista de Vichy.

Si Laurent sale un tanto indemne del ataque de Fumaroli, quedando como una especie de chica que no sabía muy bien el monstruo que estaba creando, y Mounier recibe una arremetida “ad hominem” vestida de argumentos intelectuales, el verdadero demonio y padre de todos los errores es André Malraux.

André Malraux fue la persona que propuso la creación de un ministerio específicamente en Francia y también, como era lógico, fue el ministro de esa cartera recién estrenada. Fumaroli escudriña en la obra literaria de Malraux, que fue premio nobel de Literatura, para buscar las líneas en las que se demuestre que lo que él llama el “Estado Cultural” estaba ya allí desde el principio.

Morfología del Estado Cultural

Fumaroli empieza a lo grande, negando la mayor, como haría un escolástico para humillar a su oponente en un debate académico. Niega que el concepto “cultura” sea un concepto francés (por lo visto a él le importa mucho que los conceptos sean franceses o no). Ciertamente el concepto “cultura”, tal y como lo entendemos hoy, es de raíz germánica y fue empleada por el Romanticismo para describir los “productos del espíritu” de un pueblo determinado. Fumaroli contrapone el concepto “cultura” a lo que él considera la denominación francesa, “las artes”, más plural y más liberal frente a la definición pretendidamente unívoca del concepto alemán.

Un concepto uniforme de cultura permite la consideración homogénea de todos los fenómenos que se encuadran dentro de ésta, de toda la extensión del concepto, convirtiéndose en una dimensión más para la acción humana, ya que la extensión tenderá a perder diversidad impelida por la intensión (las características definitorias) del concepto.

¿Quién define cultura? La respuesta de Fumaroli es sencilla y clara. La cultura es definida por el poder. Lo que eran artes y humanidades, en plural, se convierte en algo singular que puede ser dirigido. Pero esto no es lo peor, para Fumaroli el dirigismo cultural conlleva a la ideologización de la cultura y cierta presentación orgánica de ésta, siendo cultura lo que realizan los órganos culturales oficiales.

Se separa la educación de la cultura. Fumaroli fecha esta ruptura en la creación del Ministerio cultural que dirigiría Malraux. Hasta entonces la administración cultural (Museos, Patrimonio y Monumentos, Conservatorios o Teatros Nacionales), que a Fumaroli le cuesta reconocer su previa existencia, estaba subordinada administrativamente al Ministerio de Educación.

La separación administrativa de la administración cultural de la administración educativa representa para Fumaroli algo más que una simple reorganización de las competencias ministeriales, sino que es la manifestación de la disociación entre cultura y educación como dos terrenos que nada tienen que ver y que incluso pueden tener enfrentamientos.

Fumaroli sostiene que el ideal francés, republicano y liberal, ha sido que cualquier ciudadano puede tener la educación de los príncipes del “Antiguo Régimen”. Toma la crisis educativa francesa y la ve causada por la separación de educación y cultura, en lo que creo que es una extrapolación injustificada.

El autor no se arredra ante la acusación de que tiene una concepción elitista de lo que llamamos cultura. Él dice que sí, que la tiene y que la cultura es siempre elitista.

La cultura del “Estado Cultural” es una cultura de masas, una cultura para todos en el sentido de asimilable por todos, no de accesible a todo el que quiera. Que sea una cultura de masas tiene dos características básicas: prima lo emotivo sobre lo racional y el momento cultural preeminente es la fiesta, en la que la masa se puede expresar como tal.

Lo que desde tiempos de Malraux se considera “cultura”, además de estar destinada a la masa, no es más que un producto comercial más. La política cultural de los primeros tiempos de Malraux en la actualidad se transformado en un marketing cultural, en la elaboración de unos productos con la marca “cultural”, destinados a un consumo también masivo y fácilmente digerible.

Nos encontramos ante una cultura de “prêt à porter”, pero con mala conciencia. Fumaroli no ve diferencia otra entre espectáculos montados en El Louvre o las reproducciones de Las Vegas que en la ciudad americana son conscientes de que lo que hacen es espectáculo y no cultura, mientras que en El Louvre quieren hacer pasar por cultural lo que es únicamente un espectáculo.

Vivimos, en opinión de este académico francés, la vacuidad de lo cultural. Es por ello que el edificio del museo es más importante que el contenido y sobre la pretensión de no encerrar la cultura entre cuatro paredes los límites del museo se han diluidos en centros y en unos entes todavía más abstractos: los espacios culturales.

Llegados a este punto tocamos unos de los aspectos fundamentales del “Estado Cultural”, que es la sustitución que la cultura hace de la religión dentro de la sociedad francesa. Fumaroli habla de “religión de sustitución” en cuanto proporciona un calendario y unos acontecimientos de fusión que permiten una trascendencia a todos los públicos, aunque sea al precio de la adulteración de lo que se ofrece. Los partícipes creen acceder a unos terrenos de profundidad cultural cuando realmente son componentes de una gran farsa.

El fracaso del estado cultural en su intento de democratización: los elementos culturales les siguen interesando a las mismas minorías que antes de la aparición del Estado cultural. Las manifestaciones culturales han sido como llevar a no aficionados al deporte a los acontecimientos deportivos.

El “Estado Cultural” ha fracasado en su intento de democratización de la cultural, ya que Fumaroli mantiene que los elementos culturales les siguen interesando a las mismas minorías que antes de la aparición del Estado cultural. Lo que se ha hecho es algo así como llevar a no aficionados al deporte a los acontecimientos deportivos.

La idea de que es una religión de sustitución la encuentra Fumaroli en la noción de creación cultural. Mantiene que el arte no ha sido creativo hasta el siglo XIX, cuando también nace el concepto de “cultura”. Afirma el académico francés, muy intuitiva y acertadamente, que la “creación cultural” es la secularización del concepto teológico de creación y que hasta el siglo XIX solamente era una acción divina. Ahora hay creación cultural también hace realidad a partir de la nada (“creatio ex nihilo”).

Esta religión cultural es una cultura siempre en contra de algo. Nace del desconcierto ante el triunfo de las democracias liberales: desconfianza ante los EEUU y simpatía por la URSS, ya que la cultura de masas es la propia de regímenes totalitarios y no casual que apareciera en Francia bajo el gobierno de Vichy. Se ha intentado un “tercera vía francesa”: capitalismo dominado por la tecnocracia estatal o comunismo atenuado por la cultura.

La administración cultural se ha convertido en un fin en sí misma, dada la vacuidad a la que la cultura ha llegado. La administración cultural de todos los niveles, mantiene Fumaroli, habla en cultura un lenguaje que sencillamente es irrelevante para los ciudadanos. La manifestación más clara de este fenómeno la encuentra el autor en el hecho de que haya más burócratas culturales que artistas.

No yerra Fumaroli al ver en la Televisión el instrumento privilegiado de transmisión cultural de nuestros días. Acepta que en este asunto el poder se encuentra muy dividido, precisamente por su fuerza y trascendencia, de forma que se puede mantener que en Francia existen cuatro centros de poder cultural, atendiendo a la capacidad de dirección o influencia sobre las televisiones y a algunas capacidades administrativas entrecruzadas; estos son la Presidencia de la República, el Ministerio de Obras Públicas, el Ministerio de Cultura y el Ministerio Delegado de Comunicación.

La televisión francesa se encuentra bajo tutela. Es una televisión censurada y dirigida, aunque esto sea indirectamente y manteniendo las formas. Fumaroli hecha de menos los primeros intentos de transmisión de cultura fuerte a través de la televisión que sí serviría, en su opinión, para democratizar la cultura.

Modelo liberal

Es evidente que el modelo que propone Fumaroli como contrapuesto al “Estado Cultural” es el propio del Liberalismo francés, es decir, una Liberalismo no tan liberal como el anglosajón.

No tendría que ser el Estado el que determinara, a través de sus subvenciones y de las programaciones de sus instituciones, qué es bueno y qué no lo es, qué es arte y qué no lo es, qué merece ser protegido y qué no. La creación cultural y más específicamente la artística debe estar en manos del creador y relacionarse libremente dentro de una “República de las Artes y las Letras”, sin interferencias externas y menos políticas.

Considera que el nacimiento y el desarrollo del “Estado Cultural” no es responsabilidad ni de la izquierda, ni de la derecha, ya que en ambas tendencias políticas encuentra Fumaroli tantos defensores del “Estado Cultural” como críticos de posiciones radicalmente excluyentes. Lo que sí concreto que si bien fue obra de un gobierno de derecha, el De Gaulle con Malraux al frente, el “Estado Cultural” tal y como se conoce en Francia es llevado a su apoteosis por los gobiernos socialistas de Mitterand.

El papel del Estado en ese Liberalismo que mantiene Fumaroli es garantizar la capacidad de elección cultural, especialmente mediante la entrega de instrumentos a los ciudadanos durante el proceso educativo. Por lo que educación y cultura siempre han de ir de la mano, ya que sin la primera, la segunda no tiene la más mínima oportunidad.

Mantiene que en último extremo, el ideal cultural no es compatible con los espectáculos, los acontecimientos o las manifestaciones de masas, sino que tiene mucho más que ver con el “ocio estudioso” de Erasmo de Rótterdam. En lo referente a la finalidad de la creación cultural, y la artística específicamente, considera que será moderna, y por tanto tendrá sentido, si saca lo bello de lo actual, para lo que propone a Baudelaire como modelo a seguir.

Valoración

Fumaroli es una perfecta expresión de la expresión escrita de los intelectuales franceses. Se ven forzados a demostrar continuamente su inmensa erudición contra la propia claridad e inteligibilidad del texto, desapareciendo todo intento sistemático en un tema que lo pido, necesita y por su interés lo merece. A veces uno duda si esta ausencia de sistemática es una opción o una incapacidad. La erudición desmadrada tiene una segunda consecuencia maléfica que es la dichosa manía de remontarse al principio de los tiempos para explicar cualquier fenómeno histórico o contemporáneo.

Bien visto el libro de Fumaroli no es ni tan novedoso en su fondo, ni en sus análisis. Lo único nuevo lo encontramos en la temática: la cultural. ¿Por qué digo esto? Fumaroli reproduce en el ámbito cultural el mismo debate que a nivel económico, jurídico y político se ha dado entre las tendencias liberales y las socialdemócratas.

Buena parte de las constataciones fácticas de Fumaroli son ciertas y por tanto irrebatibles, pero sus interpretaciones no lo son tantos. Me centraré en algunos de los puntos.

Una concepción liberal de la cultura, o de las artes, tiene los mismos problemas que cualquier otra forma de liberalismo: la creencia ciega en la bondad del mercado (“República de las artes” en la terminología de Fumaroli), la creencia de la posibilidad de un mercado perfecto con igualdad entre los diferentes actores (la valoración “del mérito artístico”) y la consideración de la labor marginal del Estado como garante del soporte donde desarrollarse el libre comercio. El mercado no es bueno “per se”, el mercado tiene disfuncionalidades comprobadas y hay una ideología detrás del propio mercado, que dejaría la determinación de la cultura únicamente a los actores económicos más poderosos, creando una cultura defensiva de su propio dominio.

El Neoliberalismo ha sido un caos económico donde se ha tenido la mala fortuna de dejarlo actuar; nada nos autoriza a pensar que el Neoliberalismo cultural de Fumaroli vaya a producir otros resultados diferentes al de su padre económico. Sí tiene razón al señalar los excesos del modelo socialdemócrata, incluso en cultura, pero su aportación sólo debe ser correctora, dado que el modelo alternativo no ha mostrado ningún bien.

Una de las tesis fundamentales de Fumaroli sería desmentida con una simple estadística. La minoría que va a museos, teatros y bibliotecas es menos minoría que la que iba antes del inicio del “Estado Cultural”. Y ello es así por la acción de la educación que no está tan separada de la cultura como este autor quiere dar a entender.

Centrémonos en el caso español. Se dice que los niveles educativos han bajado y puede que sea cierto, pero esa educación de menos calidad llega a más personas que la “exquisita” del anterior régimen. La consecuencia es que los niveles de lectura han subida, aún siendo bajos, y hay más librerías y más usuarios de servicios culturales que nunca. Puede que ni los lectores ni los espectadores de teatro sean lo cultivados que Fumaroli desease, pero están tan interesados como sus predecesores.

No es cierto que su análisis no tenga carga política. La tiene y está dirigida contra los socialistas franceses y forma parte de una campaña generalizada, consciente o inconsciente, de ataque a todo lo que las dos presidencias de Mitterand hicieron en Francia. La caída política se intuye en el libro, pero se confiesa en las entrevistas.

Nunca he comprendido el nacionalismo intelectual y esto es una de las cosas que más me apartan de los planteamientos de Fumaroli. No entiendo que el término “cultura” deba ser rechazado por el hecho sencillo de no ser de origen francés (o español en nuestro caso). Debe ser rechazado o aceptado dependiendo de su fuerza y acierto intelectual. Reivindicar la propia tradición es positivo siempre que se sea consciente de que cualquier tradición es limitada y necesita préstamos de otras tradiciones.

Finalmente creo que la situación francesa no es comparable a la situación española. La administración cultural española en la Democracia ha sido poco intervencionista y muy restauradora, dado el lamentable estado en el que los dirigentes democráticos se encontraron el inmenso patrimonio histórico y cultural español. Cuando se ha restaurado casi todo lo que había que restaurar, y algo más que pasaba por allí, sí se ha comenzado con las políticas culturales de corte positivo y se han abierto cientos de espacios, centros y museos, algunos más logrados que otros, pero hacia los cuales no siento una inquina especial, posiblemente porque, como la restauración de monumentos, era algo necesario y aún no hemos caído en el “rococó” que justifica algunas de las ideas de Fumaroli, especialmente las referentes a la vacuidad de muchas manifestaciones culturales.

 

Carta abierta a Teddy Bautista, presidente de la SGAE

Querido Teddy, me ha llamado poderosamente la atención tus declaraciones a “El País” sobre el canon digital, ese dinero que grava un soporte independientemente de su uso porque presume (sin admisión de prueba en contrario) que todo lo que se puede meter en su CD, DVD o MP3 está protegido por los derechos de autor, que la entidad (SGAE) que presides.

Deberías saber que, más allá que tengas razón o no, cuando uno se propone amenazar a un gobierno con “consecuencias electorales” debe saber qué dice, tener los medios para llevar a cabo esa amenaza y que el efecto de la realización de la amenaza sea más desfavorable que favorable para quien la padece.

¿Con qué consecuencias electorales amenazas? ¿Con una protesta de tus representados contra el gobierno? Creo que confundes la fuerza de movilización y de incidencia de los artistas y me parece que los haces porque piensas que el eco social que tuvieron las protestas sociales de este colectivo contra la guerra de Irak pertenece a los artistas y no al tema. Los artistas, en 2003, únicamente expresaron públicamente una opinión generalizada en la sociedad española. Fue la oposición a la guerra y no los artistas los que llenaron las calles.

Si has previsto que varios millones de personas van a salir a las calles a protestar contra Zapatero por no fijar la cuantía del canon digital o que van a dejar de votar a alguien por permitirles comprar soportes digitales a menor precio, vas muy descaminado. Una cosa es defender los intereses y los derechos humanos (como los de millones de iraquíes entonces amenazados, hoy muchos de ellos están muertos) y otra cosa es defender los intereses económicos de tus representados cuando además son opuestos a los propios. Para ganar un buen puñado de votos, el gobierno no tiene que hacer otra cosa que montar un servicio público de intercambio de archivos a alta velocidad.

Ataca al gobierno por esto y lo que realmente estás haciendo es apoyarlo, dándole votos o, al menos, no quitándole ninguno.

Atentamente, Geógrafo Subjetivo.

Los becarios: nueva forma de explotación laboral

Las empresas no saben qué hacer para eludir lo poco que queda de un sistema laboral que dé ciertos derechos y alguna seguridad a los trabajadores. Se les ocurrió que la figura del trabajador autónomo era ideal para tener trabajadores sin los inconvenientes de la sindicación, de las disposiciones de un convenio colectivo que regula remuneraciones, horarios o condiciones de trabajo.

Tarde ha reaccionado la ley, pero lo ha hecho. La Ley del Estatuto del Trabajador Autónomo ha creado la figura del “trabajador autónomo económicamente dependiente” que esencialmente es aquel que dependen en al menos el 75% de sus ingresos de un solo cliente. La idea es buena, pero rápidamente se me han ocurrido algunas trampillas, que pondrán ser remedias por la jurisdicción de lo social, ya que por fin estos trabajadores podrán acceder a los procedimientos laborales, más ágiles y rápidos que los procedimientos civiles que anteriormente les correspondían.

Las empresas sabían que tarde o temprano estos llegaría, por lo que comenzaron su nueva huida del Derecho Laboral a través de la figura de los becarios. Un becario es una persona, generalmente estudiante universitario, que recibe una formación en la empresa en consonancia con su formación académica, con la posibilidad de una pequeña compensación económica dependiendo de las horas de dedicación.

En este asunto se ha unido el hambre con las ganas de comer, porque las universidades cada vez se ven más impelidas a proporcionar a sus estudiantes prácticas en empresas, ya que esta posibilidad es uno de los criterios de las numerosas clasificaciones de universidades que están proliferando. Los alumnos caen rendidos ante la oferta de incluir unas prácticas en su curriculum y de camino ganarse unos eurillos.

Después de esta convergencia de intereses llegan los problemas, como CCOO ha denunciado. Las plantillas no se aumentan cuando es necesario porque se recurren a las bolsas de becarios para engrosar las filas de los trabajadores no contratados. Pronto se les promete, bajo cuerda, un poco más dinero a cambio de muchísimas más horas de trabajo, o bien a cambio de un contrato laboral que no llega porque es preferible incorporar un nuevo becario, sin convenio colectivo ni derechos, a un nuevo trabajador.

Lo que iban a ser unas prácticas ideales para el curriculum se transforman en muchas ocasiones en un momento para dejar de estudiar en búsqueda de un puesto de trabajo que no llega. Sin el trabajo y con los estudios fatalmente interrumpidos, los becarios quedan en tierra de nadie, o más bien en las cifras de los descomunales beneficios de las empresas que les contratan y explotan.

Voy a ser arriesgado y voy a formular una propuesta. Dado que las universidades son el caladero de estas empresas para encontrar sus becarios, son las universidades las que tienen, en conjunto, que poner algunas condiciones. Un becario no debería poder desarrollar una labor que no esté directamente relacionada con sus estudios y mucho menos ocuparse de un área que debería ser ocupada por un trabajador. La dedicación debe estar limitada y los convenios de colaboración deben ser evaluados en virtud de la marcha académica del becario. Tendría que establecerse un contrato entre la empresa y el becario, con las condiciones, así como una regulación estatal parecida a la de los becarios de investigación.

Las prácticas en empresas son una cosa y el trabajo es otra. La Ley no puede volver a llegar tan tarde como el caso de los trabajadores autónomos. Que nunca más encontremos un anuncio en el que se dice que se busca un becario con experiencia.